Publicado en diario “Río Negro”
“Se habían quedado en silencio. Una mariposa nocturna giraba sobre los focos con la misma decisión con que un animal sediento busca el agua en un charco. Al fin golpeó contra la lámpara encendida y cayó al piso, medio chamuscada. Un polvillo anaranjado ardió un instante en el aire y luego se disolvió como el agua en el agua”.
Ricardo Piglia deja caer este bello y perfecto párrafo en los estertores de uno de los mejores libros publicados en el 2010, “Blanco nocturno” (Anagrama).
La última novela de un autor que se toma sus buenos años entre una obra y otra es un policial como la vida misma. Un policial que, al tiempo que reinventa el género, se ancla en la posibilidad de lo inexacto y lo inacabado, dos condiciones de lo real, para darle ajustada y apasionante forma al relato.
Piglia, un erudito del tópico, le incorporó a su novela elementos costumbristas locales que refieren a un campo argentino, despoblado, inmenso y feudal.
Hay un investigador, por supuesto. Un organismo tan particular como suelen serlo estos personajes en la literatura del género. Apenas un dato: cada tanto, cuando el comisario Croce siente la necesidad de reflexionar sin que nadie lo interrumpa, se refugia en un manicomio, el cual abandona cuando ya se siente mejor.
La historia no es sencilla y se vuelve más y más compleja a medida que avanza. Un mulato de origen caribeño pero de nacionalidad estadounidense aparece en un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires.
Sus maneras impecables, sus ropas a medida y su acaudalada billetera desatan los comentarios del lugar. Algunos aseguran que mantiene una relación amorosa con dos hermanas gemelas, hijas del hombre más rico de la zona, otros que ha venido a comprar caballos de carrera, otros que tiene en su poder el dinero de alguien más y, si lo tiene, es sólo para lavarlo en el extranjero.
Pero las apuestas dan un feroz vuelco cuando el forastero es asesinado y una parte de su dinero desaparece. Los motivos pueden ser tantos como las especulaciones que se tejen. Croce, el extraordinario comisario local, inicia una investigación que es antes que nada y sobre todo una recapitulación de los actos y los hechos y los poderes e intereses en sombras parcial o directamente vinculados a la figura de Tony Durán, que lo llevarán finalmente a encontrar un responsable.
El motivo ya es un asunto que quedará en penumbras, acaso, al arbitrio del lector.
Obra literaria con destino de pantalla grande, o novela poderosamente iconográfica, herramienta sutil y persistente de la que se vale Piglia para dar un exquisito salto literario en el marco de la literatura de habla hispana.
“Blanco nocturno” se lee, sí, pero también se presencia como un filme, como una representación de bastos intereses. La visión del comisario se entrelaza con la de Emilio Renzi, tradicional personaje de Piglia que mantiene una entrevista con una de las hermanas (lo que resulta en un misterioso monólogo), y con los otros diálogos entre Renzi y algunos de los protagonistas de la historia y también con las anotaciones explicativas del autor al pie del libro, que establecen puentes entre la verdad de la historia y la historia exterior, esa que en parte reflejan los diarios de cada época. Una memoria difusa que siempre requiere una nota al margen. No son apuntes rebuscados los de Piglia sino más bien rigurosas ayudas memoria, informaciones necesarias que clarean un escenario de los hechos en el que todo pudo y puede pasar.
¿Quién mató a Tony Durán? Es apenas una de las respuestas que se buscan responder en este apasionante libro, y apasionante en el sentido en que nos conmovían aquellas novelas en las que debíamos llegar al final para saber quién tenía las manos manchadas con sangre.
Sin embargo, “Blanco nocturno” no es una novela clásica. Por el contrario, es una novela atravesada por la modernidad y variedad expresiva.
Es una novela de su tiempo, intervenida por lo visual y por el peso locuaz del hipertexto.











sigo sin saber quien mato a Tony Duran…